En busca del ego

 

 

Fragmento del libro de

Matthieu Ricard,

"El arte de la meditación"

 

 

 

Para la persona, comprender la naturaleza del ego y cómo funciona es de una importancia vital si desea librarse del sufrimiento. Sin duda, la idea de vernos libres de la influencia del ego puede llenarnos de perplejidad porque está relacionada con lo que, según creemos, es nuestra identidad fundamental.

Somos conscientes del hecho de que, a cada instante, desde el mismo momento de nuestro nacimiento, nuestro cuerpo se va transformando continuamente y nuestro espíritu constituye el escenario de innumerables nuevas experiencias. Pero de forma instintiva pensamos que, en alguna parte, en lo más profundo de nuestro ser, hay una entidad duradera que confiere una realidad sólida y da permanencia a nuestra persona. Es algo que nos parece tan evidente que no consideramos necesario examinar con más atención esta intuición. De ello se deriva un fuerte apego, primero a las nociones de «yo», y posteriormente a las de «mío» —mi cuerpo, mi nombre, mi espíritu, mis posesiones, mis amigos, etc.—, que entrañan o bien un deseo de posesión, o bien un sentimiento de rechazo hacia el otro. Así es como la dualidad irreducible entre el «yo» y el prójimo se cristaliza en nuestros pensamientos. Este proceso nos asimila a una entidad imaginaria. El ego es también el sentimiento exacerbado de la importancia de uno mismo que emana de esta construcción mental, y sitúa su identidad ficticia en el centro de todas nuestras experiencias.

Sin embargo, como se verá más adelante, tan pronto como se analiza seriamente la naturaleza del yo, nos damos cuenta de que es imposible delimitar cualquier otra entidad que le corresponda. En resumidas cuentas, el ego no es más que un concepto que asociarnos con el continuo de experiencias que constituye nuestra conciencia.

Nuestra identificación con el ego es fundamentalmente disfuncional, porque entra en conflicto con la realidad. En efecto, a este ego le atribuimos cualidades de permanencia, de singularidad y de autonomía, mientras que, por el contrario, la realidad es cambiante, múltiple e interdependiente. El ego fragmenta el mundo y cuaja de una vez para siempre la división que establece entre «yo» y el «otro», entre lo «mío» y lo «no mío». Al estar basado en un error, se ve constantemente amenazado por la realidad, lo que mantiene en nosotros un sentimiento profundo de inseguridad. Conscientes de su vulnerabilidad, por todos los medios intentamos protegerlo y reforzarlo, sintiendo aversión hacia todo aquello que lo amenaza y atracción hacia todo lo que lo sustenta, y de estas pulsiones de atracción y repulsión nacen una gran cantidad de emociones conflictivas.

Podríamos pensar que si dedicáramos la mayor parte de nuestro tiempo a satisfacer y a reforzar ese ego daríamos con la mejor estrategia posible para encontrar la felicidad. Pero ésta es una apuesta que tiene todas las de perder, ya que lo que se produce es exactamente lo contrario. Imaginando un ego autónomo, entramos en contradicción con la naturaleza de las cosas, y eso nos provoca frustraciones y tormentos infinitos. Por tanto, el hecho de dedicar toda nuestra energía a esa entidad imaginaria sin duda tendrá efectos fuertemente deletéreos respecto a nuestra calidad de vida.

El ego sólo puede proporcionarnos una falsa confianza en nosotros mismos basada en atributos precarios —poder, éxito, belleza y fuerza físicas, brío intelectual y opiniones de los demás—, así como en todo lo que constituye nuestra imagen. La verdadera confianza en uno mismo es otra cosa. Paradójicamente, es una cualidad natural de la ausencia de ego. Disipar la ilusión del ego es librarse de una debilidad fundamental. La confianza en uno mismo que no está basada en el ego va unida a un sentimiento de libertad que ya no está sometido a las contingencias emocionales, y se presenta acompañada por una invulnerabilidad frente a los juicios de los otros y por una aceptación interior de las circunstancias, cualesquiera que éstas sean. Esta libertad se traduce en un sentimiento de apertura a todo lo que se presenta. No se trata de una frialdad distante, ni del frío desapego o la indiferencia que a veces algunas personas identifican erróneamente con el desapego budista, sino de una disponibilidad benévola y valiente que se extiende a todos los seres.

Cuando el ego no se alimenta de sus triunfos, se alimenta de sus fracasos convirtiéndose a sí mismo en víctima. Alimentado por sus constantes elucubraciones, su sufrimiento sirve para confirmarle su existencia tanto como lo hace su euforia. Tanto da que se sienta en la cima del mundo, como minusvalorado, ofendido e ignorado: el ego se consolida prestando toda su atención tan sólo a sí mismo. «El ego es el resultado de una actividad mental que crea y "mantiene en vida" una entidad imaginaria en nuestro espíritu».' Es un impostor que no piensa más que en sí mismo. Una de las funciones de la visión penetrante —vipashyana—es la de desenmascarar la impostura del ego.

No obstante, en realidad nosotros no somos ese ego, no somos esa cólera, ni tampoco somos esa desesperación.

Nuestro nivel de experiencia más fundamental es el de la conciencia pura, esa primigenia cualidad de la conciencia de la que ya hemos hablado antes y que constituye la base de toda experiencia, de toda emoción, de todo raciocinio, de todo concepto y de toda construcción mental, incluyendo el ego. Pero tenemos que estar atentos: esa conciencia pura, esa «presencia despierta» no es una entidad nueva más sutil incluso que el ego, sino una cualidad fundamental de nuestra corriente mental.

El ego no es más que una construcción mental más duradera que otras porque constantemente se ve reforzada por nuestras cadenas de pensamientos. Pero ello no es óbice para que este concepto ilusorio carezca de existencia propia. Esta etiqueta tenaz tan sólo se
mantiene fijada al flujo de nuestra conciencia gracias a la cola mágica de la confusión mental.

Para desenmascarar la impostura del yo, hay que seguir investigando hasta el final. Todo aquel que sospecha que en su casa ha entrado un ladrón tiene que inspeccionar cada habitación, cada rincón y cada escondite posible hasta estar seguro de que, verdaderamente, no hay nadie. Sólo entonces su espíritu podrá estar tranquilo.

Meditación

Examinemos aquello que, según se supone, constituye la identidad del «yo». ¿Nuestro cuerpo? Una mezcolanza de huesos y carne. ¿Nuestra conciencia? Una sucesión de pensamientos fugaces. ¿Nuestra historia? La memoria de lo que no es. ¿Nuestro nombre? Le adjudicamos toda clase de conceptos —nuestra filiación, nuestra reputación y nuestro estatus social—, pero, en resumidas cuentas, no es nada más que un conjunto de letras.

Si verdaderamente el ego constituyera nuestra esencia más profunda, sería fácil entender que la idea de desembarazarnos de él nos llenara de inquietud. Pero si tan sólo es una ilusión, el hecho de que nos libremos de él no equivale a extirpar el núcleo de nuestro ser, sino que, simplemente, nos ayuda a disipar un error y a abrir los ojos a la realidad. El error no ofrece ninguna resistencia al conocimiento, al igual que la oscuridad no ofrece resistencia a la luz. Millones de años de tinieblas pueden desaparecer al instante en cuanto se enciende una lámpara.

Cuando dejamos de considerar el yo como si fuera el centro del mundo, nos sentimos implicados con los otros de un modo natural. La contemplación egocéntrica de nuestros propios sufrimientos nos desanima, mientras que la preocupación altruista por los sufrimientos del prójimo hace que nos sintamos más determinados a contribuir a su bienestar.

Así pues, tenemos que examinar con toda honestidad si en lo más profundo de nuestro ser habita el sentimiento profundo del «yo».

¿Dónde está ese «yo»? No puede estar únicamente en mi cuerpo, porque cuando digo: «Estoy triste», la que tiene una impresión de tristeza es mi conciencia, no mi cuerpo. Así pues, ¿únicamente se encuentra en mi conciencia? Tampoco eso es demasiado evidente, porque cuando digo: «Alguien me ha empujado», ¿mi conciencia es la que ha recibido el empujón? ¡Claro que no! El yo no podría vivir fuera del cuerpo y de la conciencia. ¿O acaso sencillamente la noción de yo se halla asociada al conjunto formado por el cuerpo y la conciencia? Si es así, estamos hablando de una noción más abstracta. La única salida a este dilema consiste en considerar el yo como una designación mental vinculada a un proceso dinámico, y a un conjunto de relaciones cambiantes que integran nuestras sensaciones, nuestras imágenes mentales, nuestras emociones y nuestros conceptos. Al final, el yo no es más que un nombre que sirve para designar un continuo, de la misma manera como a un río le llamamos Amazonas o Ganges. Cada río tiene su propia historia, fluye por un paisaje único y su agua puede tener propiedades curativas o estar contaminada. Así pues, es legítimo darle un nombre y distinguirlo de otro río. Sin embargo, en el río no existe una entidad, sea del tipo que sea, que constituya su «corazón» o su esencia. Y lo mismo sucede con el «yo»: existe de manera convencional, pero en absoluto como una entidad que constituye el núcleo de nuestro ser. El ego siempre tiene algo que perder y algo que ganar; por su parte, la sencillez natural del espíritu no tiene nada que perder ni nada que ganar: no hace falta quitarle o añadirle nada. El ego se alimenta de las elucubraciones acerca del pasado y de los pensamientos anticipados del futuro, pero no puede sobrevivir en la sencillez del momento presente. Así pues, mantengámonos en esta sencillez, en la plena conciencia del ahora, que significa la libertad y el apaciguamiento final de todo conflicto, toda construcción, toda proyección mental, toda distorsión, toda identificación y toda división.

Por tanto, vale la pena que dediquemos un poco de tiempo a dejar que nuestro espíritu repose en la calma interior a fin de conseguir comprender mejor —por medio del análisis y de la experiencia directa— qué lugar ocupa el ego en nuestra vida. Mientras el sentimiento de la importancia del yo sea el que controle las riendas de nuestro ser, nunca llegaremos a disfrutar de una paz duradera. La propia causa del dolor continuará permaneciendo intacta en lo más profundo de nosotros y seguirá impidiéndonos disfrutar de la más esencial de las libertades.

Abandonar la fijación en el ego y dejar de identificarnos con él nos permitirá adquirir una inmensa libertad interior. Una libertad que hará posible que nos acerquemos a todos los seres con los que nos encontremos, y abordar cualquier situación con naturalidad, benevolencia, coraje y serenidad. Al no tener nada que ganar ni nada que perder, somos libres de dar y recibir todo.